LA INSENSIBILIDAD DE LO COTIDIANO
Eran aproximadamente las 11:15 de
la mañana del 29 de octubre de 2014; acababa de salir de la sede de los
tribunales que conocen de niños, niñas y adolescentes (menos mal que a este
vocablo no se les ha ocurrido, por ahora, a feminizarlo: adolescentas). Caminaba
hacia uno de los escasos estacionamientos que aún no han sido expropiados para
“transformar a la gran caracas” (transformación para hacerla un adefesio en
materia urbanística, ranchificando el centro de la ciudad) por lo que tenía que
caminar aproximadamente un kilómetro para buscar el carro. Iba por la avenida
Urdaneta, y al llegar cerca del puente de la Avenida Fuerzas Armadas (debajo
están unos ventorrillos de libros desde hace mucho tiempo y más recientemente,
una feria escolar) me coloco frente a la feria escolar y a escasos 3 metros, observo
una aglomeración de personas, como en un corrillo alrededor de algo que
observaban. Veo policías y estos a su vez, observaban también ese algo que
resultó ser el cadáver de una persona que acababa de ser asesinada en plena
avenida, de tres tiros, aventuraban unos, de cuatro aseguraban otros. Me detuve por un instante y lo vi, el cadáver
de un hombre joven que yacía boca arriba desangrándose. La sangre corría por el
asfalto y aún no se había coagulado, por lo que inferí que no había pasado
mucho tiempo del hecho. Los policías, incluyendo detectives del CICPC, estaban como expectantes. “Están esperando al forense”, pensé. Había
varios policías del CICPC, más de lo normal. Claro, el homicidio había ocurrido
a solo 20 mts de la sede principal de la policía judicial y si veía un poco hacia
el este, a solo 100 mts estaba la sede principal del Ministerio público. Me
volteé para mirar hacia el oeste y pensé que Miraflores estaba también muy
cerca. “Que vaina” pensé en voz alta, y otro transeúnte me responde “en esto se
ha convertido este país” y recula un estúpido “esto también pasa en nueva york
y en todo el mundo todos los días”. Miro la escena una última vez para
continuar mi camino y en esa última mirada percibí lo que más me impresionó y
que me dejó ese impacto en lo más profundo de mi alma: los vendedores de la
feria escolar, que estaban apenas a 3 metros del hecho, estaban tan
indiferentes a la escena, que incluso algunos comían, como si lo que sucedía
fuera algo sin importancia. Y pensé, antes de seguir mi camino: “Claro que hay
insensibilidad: más de 270.000 personas asesinadas durante este desgobierno han
hecho que un cadáver abaleado al medio día, de un día de semana, en una de las
principales avenidas de Caracas sea algo cotidiano”. Y me alejé.
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